A doscientos pasos

Nada es para siempre salvo lo que no se usa. Seguramente te habrás dado cuenta de ello, al visitar la casa de una tía cercana, entrando en el piso de la vecina de enfrente o cuando fuiste a ver a tu madre, por su des-cumpleaños…que el salón de las visitas estaba intacto. Era un salón eterno. Curiosa manera de entender la eternidad de lo perdurable. La eternidad de lo intocable. Alargamos la vida de los objetos hasta el infinito, usándolos lo menos posible, para que permanezcan a nuestro lado el máximo tiempo.

Yo conozco a un hombre que hizo del no uso su máxima de vida. Por no tener, no tenía ni nombre, para no gastarlo. Jamás te daba la mano, por la misma razón. Y si casualmente te lo encontrabas en el rellano de la escalera, su saludo era una fugaz y escueta mirada, acompañada de un conato de sonrisa, a lo Mona Lisa. Nadie del vecindario sabía con exactitud cuál era su profesión, ni si la tenía. Tampoco se le conocía familia, amigos o relaciones, ni directas, ni indirectas. Ni si escondía algún perro o gato que le hiciera compañía, si formaba parte de una secta secreta, si jugaba en bolsa, si era heredero de una fortuna incalculable, ó si poseía algún negocio inconfesable. En definitiva, nadie sabía quién era, y a nadie parecía importarle, salvo a mí.
Sin embargo, nuestro hombre, no era un hombre cualquiera. Había conseguido hacer lo que muchos anhelan hacer en la vida: Nada de nada.

Ramón, el portero de mí casa, me confesó que una vez por semana le traían la compra desde el supermercado de la esquina. Que, cada quincena, una chica le limpiaba el piso. Y que, una vez, hace años, le había visto asistir a una reunión de vecinos. Ese día, tampoco habló mucho, pero firmó el acta de la comunidad con una uve alargada, y debajo, el número de su piso y la letra: 3º Izq. Hubiera sido el momento propicio para descubrir, al menos, cómo demonios se llamaba. Pero, como digo, en el acta de la comunidad, nuestro hombre, tan sólo figuraba como uve, tercero izquierda. Hablando con el cartero de la finca, tampoco tuve mejor suerte. Todas las cartas dirigidas a su piso iban sin nombre. Por eso, cuando alguna carta llegaba a nuestra finca, con nombre y apellidos, pero sin piso conocido, el cartero se las dejaba a Ramón, y Ramón las abandonaba en el buzón del tercero izquierda. Una revista de caza y pesca para un desconocido Don Ernesto Orive, una felicitación de Navidad de El Corte Inglés para un tal Don Carlos Gutiérrez, el callejero de páginas blancas de Telefónica para alguien llamado Don Manuel Ramos. Nuestro hombre le devolvía todas las misivas, con un lacónico: Esto (plas), no es para mí. Por lo menos, ya sabíamos que no era ni Don Ernesto, ni Don Carlos, ni Don Manuel. Habría que seguir descartando.

Mi curiosidad por él se hizo admiración, y mi admiración, obsesión, por alguien que había logrado desaparecer en vida de este mundo. Investigué con los pocos datos que de él tenía a mano. Navegué por Internet, pagué por una nota simple en el Registro de La Propiedad, busqué por el listín telefónico… ¿Qué más?, le di una propina al chico del supermercado, escudriñé a escondidas la ranura de su buzón, y hasta hice guardia, varios días seguidos, detrás de la mirilla de casa, por si veía alguna luz encenderse o sentía el pestillo de su puerta al abrirse. De puertas para fuera, nuestro hombre seguía siendo tan invisible como de puertas para dentro: Nada de nada.
Como no lograba averiguar su nombre, comencé a pensar, si quizás no estaría buscando a un fantasma con apariencia de hombre. Ya se sabe que los fantasmas con aspecto de hombre son mucho más difíciles de encontrar que los hombres con aspecto de fantasma. En este caso concreto, mi fantasma, se podría describir como de no más de cincuenta años, altura media, complexión atlética, tirando a delgada; manos limpias y uñas recortadas. Sin reloj, sin anillo, sin brazalete o insignia, ni ningún otro complemento que lo destacara ostensiblemente de cualquier otro ser humano, sino fuera por el hecho, consabido, que este hombre quería, a toda costa, pasar desapercibido. Sigo describiéndolo: vaqueros sin marca, camisa lisa, sin firma; mocasines marrones usados pero sin señales de maltrato; chaqueta de lana y colores tierra, sin abrir. Presencia muda e inmutable, sin otra conexión con el exterior que su respiración sin ruido. Sin nombre, sin apellido, sin cartas. Sin nada apreciable, ni sobresaliente, salvo la nada que le rodeaba a cada paso.
¿Qué derecho tenía yo, para meter las narices en vida ajena? Antes de que mis cuitas y elucubraciones sobre nuestro fantasma hecho hombre, llegaran al límite del absurdo, se me ocurrió forzar un encuentro con la chica de la limpieza. ¡Cómo podía haber sido tan tonto! Ella era el único nexo, conocido, de unión, el eslabón perdido, entre la realidad y las imaginadas conclusiones, que de él empezaba a hacerme. Abordé a la limpiadora sin preámbulos, como cuando te llaman por teléfono sin un hola, soy fulanito de tal. -¿Cómo se llama el señor que vive en este piso? La chica me miró igual que yo la había mirado minutos antes: de arriba a abajo y sin ningún aprecio. -Ni idea, contestó. A nosotras nos mandan limpiar, y nada más. -¿Ha dicho usted, no-so-tras? Articulé la palabra nosotras a monosílabos. -¿Entonces, son varias, las chicas que limpian la casa? -No señor, remarcó con una voz de pito flauta, descubriendo, sin rubor, sus maneras de barrio, (cosa que de ninguna manera escondía su enorme perspicacia). -Una servidora se basta sola, pero si lo que usted quiere saber es, quién es el señor del piso… (un ligero bombardeo de entusiasmo empezaba a subir por el cuello de mí camisa, que pronto se convirtió en abatimiento) ni lo sé, ni me importa. A nosotras nos paga la empresa, y al señor que dice usted que vive aquí, nunca lo he visto. Yo siempre que vengo, la casa está vacía. No me atreví a pedirle que me dejara entrar al piso de su señor. Pensé que había perdido mi oportunidad por haberla atropellado sin presentarme, y además, no deseaba que mis investigaciones alertaran cualquier sospecha. Me despedí con la primera excusa que me vino a la cabeza. -Es que…el cartero me dejó un paquete para este señor, pero, no se preocupe, prefiero esperar a que el señor se encuentre en casa. Buenas tardes. A mandar, respondió ella, y acto seguido, abrió la puerta tan rápidamente como la cerró.
Suspendí mi respiración y me quedé detrás de la puerta intentando escuchar algún ruido significativo. Sólo me oí a mí mismo pensar: qué te importa a ti la vida de este hombre eterno. Será que en realidad no se gasta. Será que en realidad, no vive.

Muchos años más tarde, con mis setenta años, recién cumplidos, harto de vivir en la misma finca y en el mismo piso, fugazmente, volví a encontrarme en la escalera con nuestro hombre. Sin prisas, y con la misma ropa y la misma apariencia, de años atrás. Lo calcule mentalmente, yo tenía setenta y aparentaba cien. El tenía cien y parecía seguir teniendo cincuenta. Esta vez la conversación se alargó más que de costumbre, y a tras una amplia sonrisa, añadió toda una frase, a sabiendas de que yo llevaba años persiguiendo el enigma de su inmortalidad. Me miró y dijo: el secreto de mí aplicada longevidad es la inactividad física. Todo lo que no puedo hacer en doscientos pasos, simplemente, no lo hago. Es el equilibrio de la vida. Hay quienes prefieren vivir intensamente a cambio de morir pronto. Y a eso lo llaman vida. Yo prefiero la ecuación contraria. Tranquilidad y reposo a cambio de tiempo.

Los llaman hombres tortuga. Si acaso, alguno de ustedes, tiene la suerte de toparse con un hombre tortuga, síganlo de cerca, apreciarán la parsimonia de sus movimientos y la disciplina de su modo de vida sosegada.

Ahora, yo también me he convertido en un hombre tortuga. Sigo las enseñanzas de mi vecino del tercero izquierda, llevando la regla de los doscientos pasos hasta sus últimas consecuencias. Deseo con todas las fuerzas que me quedan, llegar a los cien o ciento veinte. Y aunque no llevo tanto tiempo, como mi vecino, practicando el noble arte de la vida lenta, cada día voy mejorando. Ni grito, ni alzo la voz, prefiero esperar que los demás se callen. Lo poco que como, lo divido en mil migajas para dure más. Lo que leo, lo vuelvo a releer para revivirlo de nuevo. Y lo que tengo, lo conservo sin usar. Prácticamente he dejado de dormir para que las noches se conviertan en un día sin final. Me siento en mi sillón, donde apenas me muevo. La cuestión es no desperdiciar ni un ápice de mí energía en esfuerzos inútiles.

Ahora sé que si mantengo quieto el tiempo suficiente, todo lo que me apetezca, más tarde o más temprano, pasará frente a mí puerta. A menos de doscientos pasos de mí alcance. He aprendido a vivir como el salón de mi madre. Ahora tengo todo el tiempo del mundo a mí disposición. Y pienso disfrutarlo una eternidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s