Burro Margarito

Le cogíamos los pelos del trasero, cerca de la cola y tirábamos con fuerza. Bastaba un pellizco de cuatro pelos y mi burro Margarito, corría camino abajo como un caballo desbocado, pero seguía siendo tan borrico como el primer día en que nació.
Margarito era nuestro juguete preferido. Le dábamos de comer calabazas pochas con pienso y le dejábamos beber en el pilón hasta que hartara. Todos los chicos del pueblo querían subirse a Margarito , así que hicimos de él un pequeño negocio: a dos reales la montada y dos reales más, la corrida. Corrida, sí…porque aquello era mejor que subirse a un fórmula uno.
Margarito tenía dos secretos que combinados le convertían en el mejor bólido de Marracastañas de Gredos, y como verán, en un “business” la mar de rentable. Primer secreto, nunca se tropezaba, incluso con los ojos tapados y corriendo por la trocha más angosta y pedregosa que te puedas imaginar, antes que él, el que se caía eras tú. Y segundo secreto, con solo pellizcarle el trasero se ponía de cero a cien en dos zancadas. Lo curioso es que a pesar de la cantidad de veces que le aplicábamos la técnica, no tenía el burro ni señal, ni calva. Margarito era mucho burro, un burro con pelo en el culo, de esos que ya no quedan hoy en día. Tenía coraje y pundonor, por lo que a fuerza de ensayar con él distintos métodos de monta y doma, descubrimos que ni palos, ni mordiscos, ni patadas. Lo dicho, a Margarito lo único que le hacía correr era el pellizco. Así que un día aposté con el rico del pueblo a que yo le ganaba la carrera. Del pilón a la eras, y vuelta. Las monturas, el Margarito contra una yegua de dos años, más nerviosa que un gato revuelto. Los jinetes, el hijo del secretario del pueblo contra un servidor.
Era domingo y el bar de ca´ Genara con su mostrador cochambroso, los jamones colgando y el olor a vino de garrafa y corteza de cerdo, reventaba hasta la puerta mientras los hombres jugaban al tute y bebían medio y medio, medio de anís con medio de coñác, y las mujeres escuchaban misa. El domingo a hora de misa fue el día elegido para la carrera, no había madres con alpargata dispuestas a corregirte, ni abuelas malhumoradas para molerte a bastonazos.
El hijo del secretario, se había bañado, como era costumbre hacerlo en domingo y fiestas de guardar, y vestía muy arreglado con camisa blanca, pantalón estrecho y botas de montar. A mí también me tocó, lavarme en una palangana y vestirme de limpio. Pero yo sabía muy bien a lo que iba, así que me cambié de nuevo cuando mi madre no me veía, y volví a ponerme la ropa de todos los días, un jersey de mangas larga para no rozarme la piel contra las paredes del camino a las eras y una chiducas cagadas de moñiga reciente para que no se me acercara la preciosa montura del hijo del secretario. La cosa empezó que ni pintado. La yegua arranco a trote y mi Margarito al paso. El iba delante y yo detrás, como había planeado; lo bastante lejos como para que su amo cogiera confianza y no jaleara a la yegua en demasía, pero nunca tan largo como para que mi Margarito no pudiera enseñarle los dientes, de cuando en cuando. Y tan buena estrategia hicimos que a cada vuelta de cabeza del hijo del secretario, mi borrico parecía que iba a morderle los traseros. Hasta que llegamos a la espatará. La espatará son unas losas de piedra tan grandes y tan pulidas que para pisarlas tienes que andar con mucho tiento. Y tiento es lo que aquel chaval no tenía, porque de tanto medir la distancia y de tanto mirar para atrás, llegó a la espatará sin darse cuenta de por donde pisaba. Y claro, la yegua patinó espatarándose, como estaba mandado. Momentos después, el que iba delante era yo y mi Margarito, mientras el hijo del secretario dolorido del golpe besaba el duro suelo de piedra y se frotaba los codos intentando comprender qué le había tirado al suelo. A mi paso por su vera le rocé con la moñíga de mis chiducas, añadiendo un poco más de faena y malhumor a su desconcierto. Y en cuanto salvé la pista de patinaje, a paso corto y controlado, saqué mi arma secreta. Margarito, ahora con cuatro pelos menos volaba callejuela adelante, camino de la primera parva de las eras, lugar establecido para girar en redondo de vuelta hacia el pilón. Así que volvimos a vernos las caras, mi contrincante y yo; y los hocicos, su yegua y mi borrico. Él de ida y yo, de vuelta. Él como loco que lleva los diablos, y yo como triunfante jinete del mejor pura sangre del pueblo. Alguna inteligencia, sin embargo, tenía el hijo del secretario, que al vernos pasar de vuelta hacia las espantas y a tal velocidad, que muerto de curiosidad se quedó clavado observando cómo diantres, Margarito y yo, íbamos a traspasar las losas de la muerte. Ya te lo he contado, Margarito nunca tropieza, y por supuesto, nunca se cae. Y ese día descubrí que además nunca aminora la velocidad. Yo tiraba de las riendas, y me parecía que el brocal de hierro le llegaba hasta las orejas, pero Margarito hacía honor a su tozudez de animal adiestrado a las penurias de su especie y a los retos de su amo. Tire una vez, y otra, y otra más hasta que clavó sus cuatro patas como cuatro patas de mesa, rígidas y tiesas como palos. Si el terreno que pisaba hubiera sido de tierra o grava, me habría dado de bruces contra el suelo, o volado por los aires, pero como era piedra lisa, tan lisa como una pista de patinaje, eso hicimos. Pasamos patinando, y con tiempo suficiente para llegar hasta el pilón los primeros.
Ganamos porque mi burro Margarito es mucho burro y todo un artista.

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