El juramento

Armando Guerra Segura siempre hizo honor a su nombre. Desde su salida del orfanato hasta hoy, su vida ha estado marcada por una interminable lista de delitos: intimidaciones, extorsiones, trata de blancas, varios robos a mano armada y el asesinato del mudo Juan.

A la vista de las pruebas presentadas por el fiscal y tras la pobre defensa del abogado de oficio, nadie daba un duro por su salvación. Sin embargo Armando no sólo se libró de la pena capital, sino que ni tan siquiera llegó a pisar la cárcel.
De cómo consiguió Armando Guerra Segura escapar a su fatal destino y empezar una nueva vida, es lo que vamos a relatar a continuación. Fue un hecho totalmente fortuito que a D. Eladio Santana Balbuena, juez de instrucción del juzgado de lo Penal número 9 de Madrid, le tocara el caso 2455/30, el Estado contra D. Armando Santana Caridad, alias Guerra Segura.

El secreto de los hermanos Santana se lo llevó a la tumba el mudo Juan, que aunque mudo era, y poco podía decir, sí que mucho habría podido escribir de los tejemanejes y fechorías de Armando. Razón por la cual Armando tuvo a bien asegurarse el silencio eterno del finado. ¡Descanse en paz!

D. Eladio Santana Balbuena, no siempre se llamó así, y Armando Guerra Segura, tampoco. A Eladio, el apellido se lo pusieron los señores Balbuena, que lo quisieron como a un hijo, y lo educaron hasta darle una carrera. Por el contrario, Armando se bautizó a sí mismo, cambiándose el apellido Santana por el de Guerra Segura, al salir de último correccional, con apenas veinte años y sin otra profesión que la calle y lo que surgiera. Mientras Eladio se gastaba los ojos y las pestañas estudiando como un descosido para llegar a ser un abogado de pro, Armando se ganaba la vida haciendo de chulo y protector de varias chicas de la calle Montera. Eladio, no sólo fue el mejor alumno de su promoción, sino que también consiguió ser el juez de paz más joven de España. Su entusiasmo por el estudio y su amor por la justicia le hicieron subir peldaño a peldaño todos y cada uno de los eslabones de la carrera judicial. A Armando, su espíritu pendenciero y su enorme apego al dinero fácil le sirvieron para transformarse en un hombre de hielo, temido por sus colegas y odiado por sus enemigos.

Tiradas al aire, las vidas de Eladio y Armando eran como las caras de una misma moneda. El primero se pasaba de bueno, el segundo estaba abonado al vicio y la mala suerte.

De niños, Eladio y Armando eran uña y carne. Allí dónde uno iba, le seguía el otro. Si Armando era castigado por el maestro con cien divisiones, Eladio las hacía por él. Si Eladio era maltratado por sus compañeros, Armando les devolvía el golpe multiplicado por mil. Inseparables hasta que los señores Balbuena aparecieron por el orfanato para llevarse consigo a uno de los hermanos. ¿Se imaginan a quién le tocó esa suerte? El elegido por la fortuna fue Armando, mucho más fuerte de ánimo y extrovertido que su hermano Eladio. Las hermanas de la Caridad habían preparado la maleta de Armando, pero la moneda del destino seguía dando vueltas, y a la hora designada para la recogida, Armando nunca apareció, y los Balbuena, decidieron no irse de balde. Mientras Armando era retenido contra su voluntad por la policía de barrio, por no sé qué pillería contra un tendero de la zona que juraba y perjuraba que aquellos mocosos le habían robado mil duros de la caja, a Eladio le sacaban del orfanato, entre sollozos y pataletas, con apenas ocho años.

Para Eladio, la salida del orfanato fue como una bocanada de aire fresco. Una gran habitación para él solo, una ventana sin barrotes por la que entraba el sol a raudales, un armario lleno de ropa nueva, y un nuevo colegio con nuevos amigos. La vida que siempre quiso tener y de la que nunca haría nada que le obligara a salir de ella.
A Armando, la vuelta al orfanato le supuso un fuerte dolor de orejas y una semana de encierro en su cuarto, castigado sin poder salir de su habitación y sin comunicación con nadie. La vida que no quiso vivir, y de la que anhelaba salir.

La última noche que Eladio y Armando pasaron juntos en el orfanato, y antes que los Balbuena se llevaran consigo a Eladio, los dos hermanos se hicieron un juramento sagrado. El destino podía separarlos, pero ellos nunca dejarían de ayudarse. De comportarse como lo que eran en realidad. Si algún día volvieran a verse las caras, si la vida les volviera a unir, juraron que jamás nadie les volvería a separar.
Sin embargo la naturaleza tímida y pulcra del primero, contraria a la díscola y rebelde del segundo, les proporcionó destinos bien distintos. Uno se hizo juez y el otro se hizo ladrón.
La moneda del destino nunca más les volvió a unir hasta el día del juicio por la muerte del mudo Juan. Durante años, cada uno de ellos vivió su propia vida, sin saber nada el uno del otro. Eladio se convirtió en uno de los jueces más respetados por el estamento judicial, y más temidos por los desafortunados de la calle. Las hazañas de Armando, alias Guerra Segura figuraban como ejemplo de estudio y libro de cabecera de los manuales de criminología de las academias de policía.
Que la policía lograra pillarle fue también otro hecho fortuito, ya que aunque Armando fuera muy popular en el mundo del hampa, nunca nadie pudo cogerle con las manos en la masa. Y de él tan solo se conocía su nombre y alias.


El portavoz del jurado popular sostuvo su hoja de papel con firmeza, y con voz clara y contundente comenzó a leer. Por el robo a mano armada cometido el día 23 de Julio de 2009 en la gasolinera de la calle Montalbán 24, esquina Cebrián, culpable. Por el hurto del vehículo marca Renault 25, cometido en la gasolinera , anteriormente mencionada, y utilizado, con posterioridad para acometer el robo de la joyería de D. Ramón Salazar Huertas, culpable. Por el atraco a la joyería de la calle Serrano, 23, propiedad de D. Ramón Salazar Huertas, culpable. Por la retención contra su voluntad de Doña María Castaño Rodríguez y doce mujeres de nacionalidad Rusa, y cinco de nacionalidad Dominicana, en los sótanos del Todo a Cien propiedad de D. Juan Carlos García Castillo, alias el mudo, culpable. Por el supuesto asesinato del mencionado, Juan el mudo, inocente. A la luz de las pruebas presentadas por los médicos forenses, y las declaraciones de Doña María Castaño Salazar, existen indicios suficientes para sospechar asesinato con arma blanca. Sin embargo, dado que en el forcejeo policial acontecido la noche del 24 de Julio de 2009, el cuerpo de D. Juan Carlos García Castillo se encontró no sólo con una herida mortal provocada por arma blanca, sino que también recibió la herida mortal de una bala, calibre 9 milímetros parabelum, proveniente de uno de los policías personados para sofocar el hurto que allí estaba sucediendo, en la joyería de la calle Serrano, número 23, este jurado estima no suficientes las pruebas presentadas. Por lo que lamentablemente, y haciendo uso de la presunción de inocencia que asiste a D. Armando Santana Caridad, le declaramos libre del cargo de asesinato. No así de los demás cargos.

Las últimas palabras del portavoz del jurado, resonaron en la cabeza de D. Eladio Santana Balbuena: “No así de los demás cargos…” y la mirada de ambos hermanos se cruzaron de soslayo, recordando tiempos pasados.
Exactamente ¿qué cargos se le imputaban a su hermano secreto? La mala suerte de haber nacido sin padres, haberse criado en un frio orfanato de mala muerte, olvidado por todos y hasta por él mismo, juez y señor del juzgado?
El mismo día en que ambos se juraron cuidar uno del otro, en la mente de D. Eladio nació el remordimiento. Les separaron, y nunca más les dejaron volver a encontrarse. Eladio partió con los Balbuena hacia su nueva casa, en Ávila. Y aunque, años más tarde, aprovechando su estancia en la facultad de derecho del campus de Alcalá de Henares, preguntó por su hermano a las Hermanas de la Caridad, estas no supieron informarle de su paradero. Armando Santana Caridad, desapareció de sus vidas, con 18 años recién cumplidos. El agudo chirrido de la verja de entrada del orfanato anunció su partida, para nunca más volver a sonar en la memoria de las hermanitas. Aquel chico les había dado muchos problemas. En su expediente figuraban más de veinte escapadas, intercaladas con otras tantas fechorías de ratero precoz y otras visitas a correccionales que lo devolvían aún peor de cómo había entrado. Para ellas dejar de ser las responsables de Armando, fue una felicidad. Y para Armando, también.

Por otro lado, las hermanas tenían terminantemente prohibido comunicarle a Armando nada sobre el paradero, nombre o dirección de los padres adoptivos de Eladio. Y por supuesto, jamás le entregaron ninguna de las cientos de cartas que Eladio le escribía. Cartas donde Eladio le hablaba de su nueva familia, de lo mucho y muy bien que lo cuidaban, de sus progresos en el colegio, y de sus nuevas aspiraciones. Cartas que constantemente le repetían el juramento que se habían profesado. Porque algún día yo, Eladio Santana Balbuena, te devolveré todo el bien que tú me has dado. Hermano, tú te sacrificaste por mí, cambiaste tu suerte y me regalaste una nueva vida. Me diste unos padres nuevos y un futuro, que pienso aprovechar al máximo. No te preocupes, aguanta. Pronto volveremos a estar juntos y podré devolverte el gran favor que tú me has hecho.
Sí, las miradas de Eladio y de Armando se cruzaron, de nuevo, en la sala del juzgado, después de veinte años de dichas para Eladio junto con otros tantos años de desdichas para Armando.
El martillo del juez D. Eladio Santana Balbuena, marco el punto y final del juramento. Había llegado la hora de cumplirlo a rajatabla. Armando Guerra Segura, sonrío para sus adentros. Sabía que no tendría que cumplir ninguno de los cincuenta años y un día que su hermano, el juez, se vería obligado a dictaminar.
La sala se retira. Declaro el juicio visto para sentencia


Eladio pego la fotografía de Armando a uno de los bordes del armario del baño. Se miró al espejo, y cuidadosamente comparó cada una de sus facciones con las de su hermano: La raya del pelo, una pequeña calva en la ceja izquierda y un pendiente de acero en la oreja opuesta. Por lo demás, si se quitaba las gafas, los dos hermanos eran exactamente iguales. Bastaría un poco más de color en la cara para imitar el curtido semblante de su hermano Armando, y dejarse la barba a medio crecer.

Cruzó el largo pasillo que separaba el pabellón tres del juzgado, hasta el ascensor. Saludo a los conserjes, entró en el ascensor y pulsó planta sótano. Firmó en el libro de entrada y ordenó que no se le molestara. – Quiero hablar con el procesado antes de dictaminar sentencia- ¿Necesita que uno de nosotros le acompañe?, preguntó el cabo. No, me bastan cinco minutos para hablar con él, guárdeme la cartera y la toga.


Media hora después de la entrevista, Armando dictó sentencia contra su hermano Eladio, repitiendo con extremada pulcritud cada una de las palabras que este le había mandado memorizar.

En el fondo de su corazón Eladio sintió que por fin se había hecho justicia.

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