Frank el fenicio

Con la vida de algunos personajes que han merodeado por este mundo podríamos hacer una gran novela. Esto es lo que le pasa a Frank Feeney. Cuando escuchaba sus aventuras, envueltas en humo de tabaco, oía su voz teatral e intentaba escudriñar la verdad en el fondo de sus ojos, sólo pensaba en una cosa: su vida fue increíble.
Frank, el fenicio forma parte de esa generación que vivió la segunda guerra mundial en plena juventud y que siendo irlandés se hizo pasar por el más educado gentelman inglés de su época. Como químico experto trabajó para una fábrica de explosivos, ayudando a Churchill y sus muchachos a ganar la guerra. Creía en la libertad y en el libre albedrío, y por esa misma razón no sólo colaboró activamente a favor de los ingleses sino que una vez terminada la contienda, también fue miembro destacado del IRA. Sin carnet, sin publicidad y sin que nadie tuviera jamás la más mínima sospecha de sus acciones, convirtió su vida anónima en una gran aventura.
El 3 de septiembre de 1951, The Times destacaba en portada y con inmensos titulares negros: Nelson ha caído. Efectivamente, la estatua de Nelson, símbolo y orgullo de la nación inglesa había besado el suelo de Trafalgar Square sin producir ninguna víctima mortal, o acaso tan sólo hiriendo el corazón y la flema inglesa. Las cuatro toneladas de piedra del tuerto más venerado de Inglaterra yacían con un brazo roto, la cabeza desmembrada y los pies desgarrados. La acción fue reivindicada por el IRA, pero nunca por su auténtico hacedor: Frank, el fenicio. Siglos antes el Almirante Nelson sufrió otra tropelía semejante, un arcabuzazo español le haría perder un ojo, y ahora, un poco de goma dos inglesa le hacía perder la base de sus pies.

Otra noche de historias, Frank me contaba cómo había conseguido suministrar al ejército británico varias toneladas de jabón de afeitar. Un bien escaso y muy apreciado entre la tropa, y otro signo indiscutible de civilización y humanidad británica. Sin jabón y sin afeitar no eras un buen soldado, y mucho menos un buen dandy inglés. Así que Frank puso remedio a la logística del ejército aplicando su propia lógica celta. Lo primero que hizo fue comprar pastillas de jabón de lavar a la propia intendencia británica, cientos de barras de jabón blanco. Lo segundo, se inventó un artilugio para transformar las barras de jabón en pastillas redondas. Básicamente era un tubo con el diámetro exacto sujeto a una palanca que se accionaba a mano. Y así fue cómo organizó en el garaje de su casa, y a escondidas de todos, una pequeña manufactura. De día compraba el jabón en barra y de noche lo cortaba y perfumaba para transformarlo en Jabón de afeitar. Jabón que volvía a ser comprado por el ejército inglés a un precio mucho mayor, aunque esta vez con el papel de plata y el característico olor a Varón Dandy que todos conocemos. Estás pequeñas ayudas al ejército inglés, y otras menudencias por el estilo, convertían a Frank en un gran amigo de Inglaterra. Hay que añadir, además, su cuidado acento Oxford “you know”, y el hecho de que su mujer pertenecía a una muy respetable familia inglesa, con prestigio y arraigo militar.

Pocos hombres en este mundo han tenido el honor de haber estrechado su mano con la del Almirante Nelson. Frank, el fenicio, fue uno de ellos. En el número 18 de Side Terrace, en Cork, aún hay un trozo de piedra que sirve de pisapapeles y me recuerda que todo lo que sube un día, puede bajar al otro.

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