La señora Macías

La señora Macías ordenaba la cocina con esmero y lentitud. Aquellos veinte metros cuadrados eran su reino particular. En ella había cocinado, hasta altas horas de la madrugada, convirtiendo su pequeño negocio de catering doméstico en el mejor recurso económico de la familia. Gracias a los sabrosos guisos, salsas y croquetas de la señora Macías, sus hijos habían hecho carrera. Juan Macías, el mayor de los hermanos, se pidió un café en el bar de la facultad, y mientras removía el azúcar haciendo tintinear la cucharilla contra las paredes de la taza, pensó en su madre, y una desconocida punzada de dolor le apareció en la articulación del codo derecho. En ese mismo instante la señora Macías secaba la cubertería. Y Marta, la menor de los Macías, se caía cuan larga era en la pista de hielo, sometiendo su cuerpo a terribles tensiones y torsiones. Un picor agudo subió desde su antebrazo hasta la nuca, tan intenso y violento, que cubrió todo su cuerpo con el negro manto de la noche eterna. Y en su cerebro se hizo el silencio. Premonición o telepatía. El mismo mensaje de dolor, punzante y eléctrico, sacudió el codo derecho de la señora Macías. Los médicos, después de mil pruebas, calificaron la dolencia como epicondilitis crónica. Probablemente debido al trabajo manual que ejercía: cientos de pucheros rebosantes hasta el borde, el peso de años cargando con las bolsas de la compra e interminables horas fregando y retorciendo paños de cocina, le habían pasado factura… y la costumbre, casi religiosa, que tenía de secar las cucharas, repasándolas, una y otra vez, a fuerza de paño y musculatura digital. Sin embargo, esa tarde, el mensaje de dolor venía cargado de nuevos dolores. La señora Macías soltó la cuchara de golpe, y ésta repiqueteo contra el suelo. A Juan Macías, el café le supo amargo y metálico. Y los dos, madre e hijo, al unísono, sintieron que alguien se despedía de ellos para siempre. En ese fatídico instante una corriente de aire helado recorrió la sala del bar de la facultad y las cortinas de la cocina de la señora Macías se inflaron. Maldita epicondilitis, y maldito este mundo, que permite que sean las cucharas las mensajeras de la muerte.

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