Madame Couturrie

La infancia es como un paréntesis. Vives en la nube de la realidad que te marcan tus progenitores. El primer paréntesis es tu madre; el segundo, tu padre, y en el medio te encuentra tú. Te montas en un coche y nunca preguntas de quién es, ni cómo funciona, ni cuánto cuesta, ni tan siguiera porqué te subieron al coche. Cuándo comeremos, a dónde vamos o cuándo llegaremos, son tan solo hechos circunstanciales, a lo sumo, estímulos básicos que llegan cuando tienen que llegar, por naturaleza. Hago pis porque me lo pide el cuerpo, pido de comer porque tengo hambre y grito – hemos llegado ya- porque se me acabaron los alicientes y la aventura del coche ya no resulta tan novedosa. En la infancia el futuro no existe, sólo el momento inmediato, el presente continuo. Un maravilloso presente construido a tu alrededor para ser disfrutado segundo a segundo. El carpe diem de todos los días.
Y Madame Couturrie era eso, un enorme y azucarado pastel de sorpresas. Para mis ojos inocentes, una vieja, afable con las visitas y cascarrabias con los conocidos, exigente con el servicio y déspota con el resto del mundo. No vivía en una simple habitación con cocina y cuarto de baño exterior, como yo. Ella era dueña de una mansión vacía de gente pero llena de objetos, cuadros y ceniceros de plata; y muchas habitaciones, enormes baños, cocinas gigantes y un sin fin de escaleras, puertas y rincones donde esconderme. Aquella casa era un palacio inacabable con estancias que se abrían a otras estancias y estas a otras tantas habitaciones más. Recovecos donde reinventar el mundo y hacer crecer el pequeño paréntesis de mi existencia. Cada puerta cerrada era una descarada invitación para ser abierta. Cada pasillo y cada curva, un acicate para avanzar hacia lo desconocido. Cuanto más me adentraba en aquel palacio, más me alejaba de mi pequeño mundo, y más feliz me sentía. Años más tarde, leyendo Las Mil y una noches, y el cuento de Ali Baba y la cueva de los 40 ladrones, reviví el palacio de Madame Couturrie y comprendí el poder de atracción que ejerce la curiosidad. Yo era Simbad en el palacio de Madame, amo y señor de aquel tesoro sin dueño. Había descubierto que existía otro mundo, como en los ojos de un ciego la luz entraba, por primera vez, en la cueva de Platón, y todo lo que mi imaginación quisiera construir sería, desde ese día, más importante y más real que la realidad misma. Entrar en el palacio de Madame Couturrie fue el mejor de los hallazgos. Vital para mis pulmones asfixiados de crudezas y letargos infantiles. Descubrí que podía escaparme, cual mago, de mi propio cuerpo, de mi habitación, de mi colegio, de mis padres y trasladarme a cualquier territorio, ser quien me diera la gana, tener la edad que quisiera, vivir en cualquier parte y hacer que ocurriera lo que fuera. Podía inventarme los personajes, las tramas, los nudos, el principio y el final de cualquier película. Y sobre todas las cosas, podía ser el protagonista de cualquier historia y volver a escribir la vida en cada línea. Sin embargo, era muy pequeño o inocente para darme cuenta de la transformación que en mí se estaba gestando. Ser el dios de mis narraciones, presentes posibles, o futuras e inacabadas. Ahora me explico la euforia y la alegría que sentía a cada paso y lo mucho que le debo a Madame Couturrie y su palacio de los enigmas.
Así que aquel palacio era la residencia de Madame. Su chofer me advirtió que nunca debía tocar nada, porque ella siempre se daba cuenta si algo había sido mínimamente movido, o recolocado. A pesar de que nunca vi a Madame Couturrie pasear por el palacio, se respiraba su presencia en cada detalle. Un piano de cola cubierto de fotografías y marcos de metal bruñido, destacaba en la sala principal. Eran fotografías en blanco y negro, mates y con grano, donde señores con sombrero y pañuelo en la chaqueta, y mujeres con pamela y largas pipas de fumar sonrían sin dejar de mirarte. Poco importaba hacia qué lugar del palacio te dirigieras, aquellas personas de la foto siempre sonreían persiguiéndote con la mirada. El retratista que los congeló usó el efecto Mona Lisa convirtiéndoles en los guardianes del palacio. Aquí y allá, el suelo estaba sembrado de jarrones chinos con floreados paisajes y pájaros de cuello largo. Junto a los jarrones, a modo de protectores espaciales había siempre algún sillón o por lo menos una silla de estilo rococó, y cercano a ellos una pedalina de madera. Me imaginaba a Madame Couturrie sentada, con la espalda recostada, contemplando el paisaje multicolor de sus jarrones, un pie sobre la pedalina y apoyada en alguno de sus múltiples bastones de empuñadura de marfil, cabeza de perro ó de caballo. Efectivamente, ella tenía dos entretenimientos públicos confesables: la pintura y las carreras de caballos. Para los cuales requería de los servicios y atenciones de cuatro sirvientes, además del conserje del palacio, el ama de llaves, la cocinera, el jardinero y, por supuesto, los de su fiel e inseparable chofer. Si, cientos de estatuillas, que reproducían caballos pura sangre en diferentes posturas, saltando, a galope o al paso, invadían las estanterías, las mesillas auxiliares y chimeneas del palacio. Pura sangres de todos los colores y posturas, levantados de bruces, tiernamente tumbados en la hierba o en posición mayestática, rodeados de más fotografías y marcos de plata, reproduciendo jinetes de menuda estatura y arrugas en la cara, sosteniendo trofeos, copas y orlas de todos los tamaños. Y en todo aquel campo sembrado de fotografías no había una mota de polvo. Todo el palacio resplandecía como nuevo, perfectamente milimetrado y ordenado al gusto de su propietaria. Un mundo inmóvil y reglado, en el que cada persona, incluido los sirvientes, y cada objeto tenía su lugar, su función y su porqué; salvo Madame Couturrie, claro está, que no obedecía a ningún horario, ni estaba obligada a ninguna otra función que no fuera su propio capricho y libre albedrío. Madame Couturrie era la gran relojera del palacio y de su vida; el ojo que todo lo ve. A una sola orden suya, el palacio, u sus habitantes, se ponían en movimiento, y a otra orden suya, se paralizaban al instante.
Todo lo que Madame Couturrie pronosticaba se cumplía. Siempre se cumplía. Cómo era posible que una mujer tan avejentada, maniática y malhumorada hiciera del mundo su capricho, nadie lo sabía. El hecho es que Madame nunca había perdido una sola carrera de caballos en su vida. Su fortuna estaba unida a la de sus caballos, y sus caballos, que inmortalizaba como ídolos hogareños y a los que daba tantos caprichos como ella misma se regalaba a diario, le otorgaban el poder económico y la independencia de su existencia.
Hasta que un día, yo, el pequeño Simbad, y por más señas, el hijo del chofer de Madame Couturrie entré en el laberinto de su palacio, destapé la lámpara mágica, tanto tiempo guardada en telarañas, y descubrí, por casualidad, el secreto de su fortuna. Y es que, en la torre sur del palacio se encontraba el estudio de pintura de Madame Couturrie. No más de treinta metros cuadrados a los que se accedía por una angosta y oscura escalera de caracol, que peldañó a peldaño cobraba matices de color, y progresivamente, se iluminaba con el resplandor prestado del techo del estudio. Un techo que daba la sensación de no ser techo porque estaba construido por un damero de ventanales de cristal. Aquella transición, de la escalera oscura a la luz del estudio, no dejaba de ser sino la premonición de un viaje iniciático. El alumbramiento de la creación. Atrás quedaban las tinieblas y por delante el paisaje milagroso de la pintura. Pigmentos con significado: el mundo recreado de Madame Couturrie. Una sala atiborrada de cuadros amontonados, caballetes y paletas salpicadas con mil pegotes de color. Y cientos de tarros con racimos de pinceles, tan llamativos y expuestos que parecían flores alimentándose al sol.
Mire el cuadro y mi cabeza explotó. Inmediatamente me di cuenta de que todo lo que Madame Couturrie pintaba se convertía en realidad. Pasteles, óleos o tintas chinas. Sería un mecanismo pactado con el diablo, una premonición angelical, o la proyección aurea de su personalidad. Mi asombro fue mayúsculo cuando observé que todas las fotografías que había visto sobre el piano tenían réplica exacta en los lienzos, cartulinas y papeles que ella guardaba celosamente en la torre del último piso de palacio. Los cuadros tenían fecha y firma anteriores a los hechos que las fotografías narraban. No me pregunten cómo un niño de apenas nueve años pudo darse cuenta. Intuición o miedo, percepción o sensación. El 4 de septiembre de 1968 yo había visto ganar a Corky el Grand Derby por la televisión, y delante de mí tenía la misma imagen pintada con fecha, 4 de septiembre de 1965.
Jamás he revelado el gran secreto de Madame Couturrie, hasta hoy. Como tampoco nunca permití que Madame Couturrie se hiciera ninguna fotografía conmigo o con mis padres. Y tengo la certeza de que los sirvientes no eran motivo de su pintura. No en vano, estos cumplían sus órdenes a rajatabla.
Como muchos de ustedes sabrán los pioneros de la fotografía americana tuvieron grandes dificultades para retratar a los indios. En ellos está muy arraigada la creencia de que un retrato no es tan solo una imagen sino un alma robaba. Basta con pintar a tu enemigo en la arena para que la fuerza del signo gráfico se transporte a la realidad. Los chamanes indios curan enfermedades que ningún médico de hoy podría explicar. Madame Couturrie, americana, hija de embajadores, sobreviviente de dos guerras mundiales, bisnieta del Chaman Ojo Perlado, y descendiente en sangre de la gran tribu de los Paiute, tampoco, nunca jamás, revelo su secreto.
Por mí, no se preocupen. Ni tengo dotes para la pintura, ni por mis venas corre sangre de las praderas.

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