Mates a palos

Corría el año 1966. Los chavales de la España de entonces no conocíamos Internet, ni la Play Station, ni los ordenadores, y los únicos discos duros que estaban de moda eran los de vinilo. Nuestra red social se limitaba al colegio, el barrio y la familia; y para hacer amigos, salías a la calle. Si queríamos llamar por teléfono teníamos que encontrar una cabina telefónica o entrar en un bar con teléfono público. Tu mejor móvil eran los pies y el e-mail más rápido, el cartero de correos. En el colegio nos obligaban a hacer interminables ejercicios y deberes que continuaban en casa, y como además la televisión era un aburrimiento en blanco y negro, y casi todas las buenas películas de doble rombo, nuestra mejor entretenimiento era la calle. ¿Cómo podíamos vivir así?, no tengo ni idea; pero he de confesar que en muchos aspectos los baby boom de la España de los 60, sin internet, sin móvil y prácticamente sin televisión, éramos muy felices.

Los chicos que son de mi generación se acordarán que jugábamos a churro, media manga – manga entera, a la peonza, a la lima, a las carreras de chapas, y por supuesto a policías y ladrones. Subastábamos quién debía ser policía y quién ladrón a pares y nones. Si nos tocaba hacer de ladrones nos escondíamos en nuestra propia casa, para que ningún policía diera con nosotros, y matábamos el tiempo merendando, unos días, un enorme tazón de Cola-Cao con pan y mantequilla, y otros día nos daban, pan con azúcar, o pan con vino y azúcar. Y si queríamos repetir rotábamos de casa en casa, con el amigo de turno, a por más merienda. Bastaba con estar al lado del anfitrión y esperar a que su madre le sirviera la merienda, siempre había otra rebanada, de pan con mantequilla o pan con vino y azúcar, para los acompañantes. Los barrios, en pleno crecimiento, estaban salpicados de descampados y terrenos yermos, esperando nuevas construcciones. Esos eran nuestros terrenos de juego preferido. En ellos encontrábamos todo los juguetes que necesitábamos para la tarde: restos de madera, palos, clavos y hierros de construcción. Recuperábamos los palos, los clavos y las pinzas de la ropa, y los transformábamos en ballestas y pistolas lanza pinzas. También hacíamos grandes hogueras para quemar los restos de los cables de la luz y con el hilo de cobre construir arcos y decorar lanzas que previamente habíamos afilado al rojo vivo, a base de martillear su punta con dos piedras, y a las que atábamos en el otro extremo plásticos, a modo de cola de caballo, para que volaran por el aire con mayor fuerza. Después buscábamos algún portón de madera y con piedras de cal le dibujábamos una diana. El resto se lo pueden imaginar. Incluido los gritos del dueño del solar que, gruñendo y vociferando palabrotas, nos amenazaba con chivarse a nuestros padres. No le hacía falta llamar a la policía. La autoridad estaba en casa.

Todavía guardo en mi memoria el sabor de las tardes de cine en sesión continua. Pagabas la entrada del cine una vez y te quedabas toda la tarde, hasta bien entrada la noche. Sasón y Dalila llegué a verla cuatro veces seguidas en una sesión. Otro entretenimiento eran las bodas y bautizos, que estaban íntimamente unidas a las sesiones de cine, ya que bodas y bautizos eran nuestro recurso para conseguir las monedas con las que pagar las entradas del cine y las palomitas de maíz. Teníamos por costumbre esperar a los novios y a los padrinos del bautizo a la salida de la puerta de la iglesia. Esta vez no íbamos cargados de lanzas, sino de esperanza e ilusión, y los que gritábamos a todo pulmón, éramos nosotros. En cuanto veíamos salir a los padrinos, vociferábamos ¡Padrino, padrino! ¡Viva el padrino!… La buena costumbre era que el padrino, a modo de contestación y ostentación dominical, lanzaba al aire puñados de perras gordas y alguna moneda de dos reales. La iglesia manda que el rico sostenga al pobre, y ¡oiga, que cuatro reales es una peseta! Y por dos pesetas entrábamos al cine. Había que estar listo, tener buen ojo y ser muy rápido en recogerlas, porque en cuanto las monedas llegaban al suelo, el dinero era para quien primero las agarrara. Para lograrlo valían todo tipo de artimañas: las principales, patadas y pisotones. Pero ver a Sansón y Dalila, bien valía un poco de sangre. Cuando el acero de la espada del centurión se acercaba, roja y encendida, hacia los ojos de Sansón, sentía mis manos todavía ardientes y escocidas por los pisotones sufridos en la recogida de monedas. Mis manos por un cine, ése era el pago.
También recuerdo el picor de manos que, de cuando en cuando, me infringía el maestro de mi escuela de barrio. Esta vez no jugábamos a policía y ladrones, estudiábamos la tabla de multiplicar. No había por qué entender el mecanismo de los múltiplos, ni la razón íntima de los sumandos, únicamente había que saberse la letra de la tabla a pié juntillas. Y el método didáctico elegido era que nos entrara la letra a base de repetir la tabla en voz alta. Lo que pasaba es que todos los alumnos nos sabíamos la música de las tabla de multiplicar, una letanía que se repetía una y otra vez, como una canción, pero éramos muy pocos lo que dominábamos la letra. Así que el maestro ejercía de policía, acercando su oído a nuestras gargantas y agudizando el sentido, hasta que mandaba callar a la clase, y repetir a solas, a algún listillo de los que la tarareaban sin multiplicar. En fin, que me pilló el truco y me tocó el castigo, por ladrón de letras. Ciertamente aprendí las mates a base de palos. Aunque debería decir mejor, que aprendí las tablas de multiplicar para que no me matarán a palos. Quizás sea por eso que hoy consideró más importante los contenidos que los continentes. Y valoro más la letra que la música; y la esencia antes que la presencia.

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