Sin frenos, ni volante

Auto retrato de Ful

Hablar de uno mismo es como mirarse al espejo. Hay quien se maquilla y hay quien se saca sangre estrujándose las espinillas. Probablemente yo sea de los del segundo grupo. ¿Ustedes dirán?

Podría empezar contando cómo me llamo, lo cual ya es una historia en sí misma, pero no es el momento de aburriros con batallas familiares. Quedaros tan sólo con mi nombre: Fulgencio. Un apelativo como el mío es imposible que se quede en el anonimato. Más de uno, si es de la generación de los 60, como lo soy yo, se acordará de aquel anuncio de la televisión que promocionaba las buenas maneras en el fútbol y el deporte limpio, y que decía: “Don Fulgencio se enfadaba cuando España no ganaba”. A ese creativo de pacotilla, me lo hubiera comido yo a mordiscos, crudo y sin sal. Sé que no lo hizo pensando en mí, pero yo sí que he pensado en él, toda mi vida. El pobre creativo quiso acertar con un nombre que no tuviera nadie, por aquello de que nadie se sintiera aludido. Y mira si acertó, que me tocó a mí: Un sin nadie. Yo que ni juego al fútbol, ni nunca me dio por ir detrás de ninguna pelota.

Aún recuerdo mí primer día de colegio: Doscientos niños desbocados y locos de ira, dándose patatas y empujones por probar un pedazo de cuero. A eso lo llamaban “recreo”. Simplemente increíble, y tan incomprensible cómo el método didáctico que los curas del Calasancio de Madrid dispusieron para mi primer día de colegio en España. Exacto, yo nací en el extranjero. Nací en París, como todos los niños, así que los curas entendiendo que necesitaba ponerme al día, y suponiendo que mi español no estaba al nivel requerido, me metieron con ocho años en la clase de los de seis. Puro aburrimiento, porque mientras ellos todavía no eran capaces de contar más allá del uno al diez, yo les daba mil vueltas. Contaba de 100 en 100, de 2 en 2 y para atrás. Mil vueltas en todo, menos en noble deporte del balón pié.
Hoy, cincuenta años más tarde, tampoco sé mucho de fútbol, aunque me haya tocado rodar y rodar como una pelota, de aquí para allá. He vivido, pues en Paris, en Madrid, en Málaga y actualmente resido en Las Palmas de Gran Canaria. Estudié, (es un decir) Publicidad y Relaciones Públicas en el bunker de la Complutense de Madrid. Salí de najas por la ventana de la facultad el día del 23 F. Como dice la canción: la música militar nunca me supo levantar. Y hasta aquí llegaré con cualquier referencia o comentario políticamente incorrecto.

Medio siglo después, sostengo mi nombre con orgullo aunque siga aguantando las risas reprimidas de mis interlocutores, al oírlo. Un ejemplo: Cuando la que fue mí primera mujer oyó por primera vez mi nombre, tuvo que aguantarse la risa. Menos mal que soy de esa generación de bachilleres, de mucho antes de la LOGSE, en la que los listados de clase se construían con el apellido. En mi caso: Cerrajero. Pueden reírse. Lo que digo yo siempre, con ese nombre que me impusieron y con el apellido que me tocó en suerte, sólo puedo hacer una cosa: portarme bien y ser buen chico. Otro ejemplo: El año en que con toda la ilusión del mundo, y apenas quince años recién cumplidos, realizamos el viaje de fin de curso, los de la agencia de viajes me pusieron en camarote aparte. Pensaron que con un nombre como el mío, ese señor llamado D. Fulgencio Cerrajero, debía de ser el profesor. Así que, ni cortos, ni perezosos, me regalaron camarote con ducha, mientras mis compañeros tuvieron que hacer la travesía a Mallorca en litera y al pairo.

Lo dicho, no se preocupen por lo que mi nombre sin cara pueda sugerirles. Estoy dispuesto a aceptar cualquier crítica, anónima o firmada, constructiva o desalentadora, estudiada o bocetada. Se admiten los comentarios, los cambios y las tachaduras. Estrújenme, sean ustedes mí propio espejo y me dejaré sacar las espinillas hasta que sangren. Gracias por adelantado.

Firmado: De puño y letra, consciente de mí suerte. Fulgencio Cerrajero.

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